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  GALERÍA ORFILA.   
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           MERCEDES SOLÉ       EL PRADO    Velázquez - El Bosco - Meléndez - Tintoretto
                                                Vicente López -Rivera - Zurbarán - Durero - Manet - Sorolla

                                                    Del 5 al 23 de julio de 2010

    
      


   Mercedes Solé, que por primera vez muestra, en galería Orfila, una amplia selección de sus copias, nació en Madrid y se formó en el taller CEPA con Dulce Chacón y en Artestudio con Abel Borja, José Barranco y Pepa Muñoz. Hizo un curso de paisaje en el Valle del Baztán. Ha participado en subastas y muestras colectivas (Premios Francisco Cantero, Feria de Arte Independiente, Jardín de Serrano, Salón de Otoño... en Madrid, Homenaje a Zabaleta en Quesada, Miradas en Alicante...) y certamenes (Blanco y Negro, Nacionales y Provinciales de Pintura Rápida, de Primavera AIMA, FMD, entre otros). Colaboró en el libro "Don Quijote en el Café Gijón", ilustrando también algunas revistas y publicaciones. Es copista del Museo del Prado desde el año 2007. Tiene obras (Tiziano, Tintoretto) en la Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción en Bohoyo (Ávila),en Miami (Rivera, El Greco, Zurbarán) y en colecciones privadas de España.


EL PRADO ES UN ESTADO DE CONCIENCIA.

   En 1985, con este titular y en colaboración con el poeta y crítico Manuel Conde -de no desdeñable aunque injustamente olvidada significación en el proceso de reconstrucción de nuestra doméstica vanguardia en las décadas de los años cincuenta y sesenta - presentábamos en esta misma galería, Orfila, una exposición singular: una veintena de pintores que interpretaron, desde sus personales modos expresivos y adecuando sus apoyaturas argumentales a las exigencias de su circunstancia, las realidades ya invisibles o inaprensibles por lejanas, que se alojan en el Museo del Prado, tal hiciera Pablo Picasso con tan conocidos como siempre sorprendentes cuadros.

   Un estado de conciencia, pero también un inmenso espacio, ¿diez mil, quince mil, cuántos metros cuadrados? de magia y silencio, un espejo de azogue descompuesto diría Manuel Conde, en el que se reflejan sin daño aparente los 7.695 cuadros que tan minuciosamente registra su última catalogación. Pese a alguna poco razonable licencia, quizá debida a la voluntariedad de quienes por conocerlos creen que todos los conocen, tal la ausencia de datos identificativos de las obras que se reproducen, convierte casi en curiosidad arqueológica aquella decorosa y bien intencionada guía de sus iniciales 311, seguramente mal colocados según el gusto de entonces, debida al celo del conserje del Museo D. Luís Eusebi, publicada el mismo año de la inauguración, 1819, de tan espléndida pinacoteca en el Paseo de San Jerónimo, en donde en invierno al sol y en verano a gozar de frescura, es cosa muy de ver y de mucha recreación la multitud de gente que sale, de bizarrísimas damas, de bien dispuestos caballeros, tal escribiera en 1549, un Pedro Medina es posible que con el oculto deseo de salvaguardar lo que podría desaparecer con el repetido discurrir del tiempo.

   Este prontuario es, por los datos que aporta, otro aliciente para la reflexión.

   Así, el refrendo estadístico -que subraya la necesidad en nuestros días de las discutidas leyes de igualdad -que atestigua que sólo son siete, salvor error de recuento que en todo caso no será de bulto, las mujeres, ninguna española, aquí representadas: Lucía y Sofonisba Anguisciola, dos de una saga de hermanas pintoras, naturales de Cremona; Margarita Caffi, de Vicenza; la romana Artemisa Gentileschi; Marieta Tintoretta, de Venecia; la suiza Angelina Kauffmann y Catharina Ykens, de Amberes, nacidas, como gran número de los pintores aquí presentes, en el siglo del Barroco o en sus proximidades.

   Esta mínima presencia, casi perdida entre los autores de fama, perfectamente identificados los más, junto a la nebulosa de atribuciones y escuelas, de la no menos impenetrableque envuelve al centenar de artistas de los que nada se sabe por lo anónimo de sus pinceles y las tantas veces habílísimas copias de cuadros lejanos, desaparecidos o admirados, son sin duda un rico entremado de averiguaciones por hacer, que bien podría justificar la existencia de otros museos, como aquellos que propusiera Gabriel Garcia Maroto en su fantástica ensoñación, imposible y utópica como el tiempo luego demostró, La Nueva España 1930, editada en el año 1927 para mayor confusión de sus lectores.

   ¿Copias en el Museo del Prado? Aunque sobradamente conocida y estudiada su existencia por los expertos, es dato que no deja de sorprender al común de las gentes.

   La catalogación reciente a la que nos hemos referido, facilita su identificación. Las que aquí registramos con sus medidas para enfatizar la notable visibilidad de buen número de ellas, provienen de esa fuente. Las menos, realizadas por autores conocidos. Las más, de olvidados u ocultos ejecutores:
 - De Rembrandt, un autorretrato de 81 x 63 centímetros, pintada la copia por uno de sus discípulos en el taller del maestro.
 - De Rafael, nada menos que once cuadros, entre otros, "Transfiguración" de 396 x 263; "La Sagrada Familia", de 164 x 128; "El sol y Apolo con signo de Leo", 174 x 133; "La luna y Diana con el signo de Cáncer", 174 x 133; "Marte con los signos de Aries y Escorpión", 174 x 144; "Mercurio con los signos de Géminis y Virgo", 174 x 130, copiados los cuatro últimos por Pietro Falchet.
 - De Leonardo da Vinci, "Gioconda", otra Gioconda, sobre tabla de roble de 076 x 056 centímetros.
 - De Van Dyck, siete, entre ellas "Santa Rosalía de Palermo", 127 x 108, y "La Infanta Isabel Clara Eugenia",de 218 x 131.
 - De Velázquez, "Cacería de jabalíes", 189 x 303 (copia que llegó a atribuirse a Goya) y "Retrato de Luis de Góngora", de 059 x 046.
 - De Corregio, tres: "Noli me tangere", 130 x 130; "Rapto de Ganímedes" (pintada por Eugenio Cajes) de 175 x 073 y "La fábula de Leda", de 165 x 193.
 - De El Greco, pintor llegado tarde al Museo a causa del poco aprecio de que disfrutaran sus demenciales arrebatos cromáticos, "El entierro del señor Orgaz", 189 x 250; "Expolio", 107 x 069; "Santa Eugenia", 241 x 162, copiados los tres por su hijo Jorge Manuel Theotocopoli.
 - De Antonio Moro, el retrato de "Ana de Austria", cuarta mujer de Felipe II (metafísico y piojento rey a quien retratara, entre otros, aquella Sofronisba Anguisciola antes citada) de 107 x 086.
 - De Holbein, "Retrato de Tomás Moro", tabla de 105 x 073.
 - De Rubens, hay seis cuadros copiados, tres de pequeño formato y tres de 096 x 091. Como algún otro pintor, hizo también copias de Tiziano, "Adán y Eva", 236 x 184 y "El rapto de Europa, 181 x 200 (cuadro éste del que se sirvió Velázquez para el tapiz situado al fondo de "Las Hilanderas"); de Bellini, "El Salvador".
 - De Tiziano, "Diana y Acteón", 096 x 197 y "Ecce Homo", 100 x 100, atribuido, del que hay también copia en El Ermitage.

   ¿Cuántas más? Y, junto a ellas, ¿cuántas sorpresas, como la guirnalda de flores y frutos que pintara Brueghel en la "Virgen y el Niño" de Rafael, o su paisaje para el "Retrato del archiduque Alberto" de Rubens, esperan a quien se adentre en este mágico y ahora ruidoso y a veces atestado territorio?

   Algunos siglos después de estos antecedentes de los Vemeer que, con categoría de falsos, elevara Van Meergeren a los altares de la especulación, expondría Orfila, de mano de Orson Wells -Fraude - y de Clifford Irving -El escándalo de Howard Hugues -, el genial usurpador de estilos Elmyr de Hory, el más alabado, envidiado, denostado y bien pagado ladrón de las almas de los artistas (Picasso, Modigliani, Matisse, Derain... ) que pusieron mojones orientativos en los caminos por los que iban a discurrir las vanguardias del siglo XX.

   La exposición de copias de cuadros de algunos de los artistas presentes en el Museo y de otros ocasionalmente invitados a compartir sus salas, pintadas por Mercedes Solé -otra generación, otra trayectoria, otra cultura - desde el respeto y la admiración, fieles y precisas como consecuencia de una penetrante y pausada observación tanto como del dominio técnico adquirido, supone la posibilidad de leer esos cuadros con lectura diferente y seguramente enriquecedora, al contemplarlos más próximos, más familiares, fuera del ámbito protector, pero también distanciador y un punto engolado, del museo.

   Si ajena a la dedicación rigurosamente contemporánea y actual de la galería, engarza esta exposición, que a muchos sorprenderá, con esa última, En Tela de juicio se tituló, y con aquella anterior, Reflexiones en el Museo del Prado, a que nos referimos al iniciar la nuestra.

                                                                                                  ANTONIO LEYVA.
                   Escritor de las Asociaciones Española e Internacional de Críticos de Arte.
                                                                                                               Mayo 2010.

 

 El Greco (El caballero de la mano en el  pecho). 73 x 60 cm.
 Tintoretto (Dama que enseña el seno). 55 x  50 cm.
 Rivera (Baco). 61 x 50 cm.
 Zurbarán (Agnus Dei). 46 x 77 cm.
 Meléndez (Bodegón con manzanas). 46 x 55 cm.
 El Bosco. (Las tentaciones de San Antonio Abad). 65 x 98 cm.

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