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   JULIO CÉSAR OVEJERO     Explorando mundos     28 de noviembre al 23 de diciembre


Julio César Ovejero (San Miguel, Buenos Aires-Argentina, 1949), estudia en la Escuela Superior de Bellas Artes de Mendoza (Argentina), iniciando su actividad expositiva en 1969. Reside en España desde 1977.

Entre sus principales exposiciones, destacan las individuales en el Instituto de Cultura Hispánica de Mendoza (1977); Club Internacional de Prensa (1978), Club Financiero Génova (1978) y galería Torres Begué (1979), Madrid; galería Joaquin Mir, Palma de Mallorca (1979); Museos de Arte Moderno de Río de Janeiro (Brasil) y Caracas (Venezuela) (1989); Fundación Caja Madrid (2004), galerías Victoria Hidalgo (2008) y Orfila (2011), Madrid; galería Omium Ars, Gerona (2008); además de las que frecuentemente celebra en Argentina, así como en Italia y Alemania.

Participa en colectivas en numerosos países, como el Certamen Internacional de Puerto Príncipe (Málaga), en cuya edición de 1980 obtiene Mención de Honor; "Salón de Pintores Americanos en Europa" de la Bienal de Venecia (1982); Salon des Nations, París (1984); diversas colectivas en los Museos de Arte Moderno de Osaka (Japón) (1990), de Bogotá (Colombia) y Nueva York (1993), en el Museo de Bellas Artes de La Habana (Cuba) (1992) y Museo Guggenhein, Nueva York (1998); Bienal de Sao Paulo (Brasil) (1996) y las ferias de arte "Arte Sevilla" (2006, 2007) y "De Arte", Madrid (2009, 2010 y 2011). Ha sido distinguido con varios premios, especialmente en Argentina, algunos de ellos vinculados a concursos de pintura mural.

 

La pintura de Julio César Ovejero

Las vanguardias del siglo XX, en contrario a los movimientos precedentes y a los que se gestaron después, no surgieron como consecuencia de la evolución de actitudes anteriores sino como quiebra de los valores en que se sustentaban. Aunque toda evidencia en lo relativo al arte debe ser aceptada con cautela, por ser complejas, contradictorias e incluso contrapuestas las razones de las que nace, también es cierto que sólo de su evidencia, de las consecuencias visibles de su implícita transitorialidad, es posible extraer datos que nos ilustren sobre su naturaleza.

Pero el arte es, en paralelo, un hecho social. Se produce en un entorno y en unas circunstancias que se superponen sobre el hecho estético y en ocasiones lo determinan. En la segunda mitad del pasado siglo, muy notablemente marcada nuestra vida civil y cultural por la adversa coyuntura política y económica y como respuesta al todo está hecho que propiciaba el abrumador peso de aquellas vanguardias, lejanas y mitificadas, incluso del surrealismo pese a la embriagadora impericia que lo soldaba formalmente a modos expresivos periclitados, van a hacer su aparición movimientos, detentadores de un escaso o tergiversado caudal de información, que propiciaron pese a ello rupturas estéticas que tuvieron enorme trascendencia.

Esta suerte de legítima reivindicación generacional, contaría con un abultado bagaje doctrinal que derivaría, con el transcurrir azaroso de los años y más decididamente en los inmediatos al siglo que nos relegará a todos al olvido, en menos consistentes y rigurosas elucubraciones, servidas generalmente por un lenguaje de difícil comprensión, a favor de actitudes desacralizadoras del pasado, bien que éste fuera el que en buena medida daba carta de naturaleza a propuestas que, como nuevo escalón en lo evolutivo, iban a configurar lo que vino a definirse como modernidad.

En paralelo y en todas las restringidas instancias culturales y de poder de nuestro vasto mundo, las vanguardias serían, precisamente por la adjetivación de históricas que no inocentemente se les otorgara, recluidas en los panteones de los museos, en beneficio de otras apetencias estéticas neutralizadas y neutralizadoras y de la veleidad inversora para la que sus otras ya eran prácticamente inalcanzables, aunque nunca se abjurara de su intrínseca trascendencia y se ocultaran las a veces ostentosas rapiñas con que artistas de reconocido prestigio o en el trámite de lograrlo se beneficiaron.

Así, junto a planeamientos realmente innovadores y valiosos, iba a imponerse entre nosotros, con no desdeñable inhibición de lo que convencionalmente entendemos como crítica, un arte de la banalidad, de la improvisación, del ocurrente caligrama, de lo casual, de la artificiosidad o de la obviedad, servido con notable pobreza técnica, como paradigma de esa modernidad.

Sin embargo, algunos artistas van a navegar a contracorriente para discurrir, con lenguajes propios y diferenciados, por los caminos abiertos a la exploración por quienes bien podemos considerar como precursores, practicando un arte en gran medida heterodoxo por su alejamiento de las formas expresivas tradicionales tanto como de las más huérfanas de exigencias que el mercado parecía demandar.

Es desde esa perspectiva que hemos de aproximarnos a la obra de Julio César Ovejero. Un meditado sentimiento lúdico, trasgresor, la contextualización de los impulsos subjetivos que lo provocan (toma de conciencia, permítasenos tan anacrónica calificación) y la coherentemente ensamblada y meditada estructura del cuadro, van a caracterizar su inmersión en una realidad concreta, a veces caótica y bamboleante entre dos continentes, el de su nacimiento y el que luego adoptara, evaluable desde una visión crítica no deshumanizada (Cocteau escribiría que la piel es también alma) a la vez política y sociológica. De aquí que en su obra, amalgamadas, transustanciadas, ideologizadas, puedan rastrearse desde las conturbaciones del alma y los sentimientos como centro de gravitación, a las que se derivan del reciente crac financiero en que naufraga la civilización occidental, aún no explorado en nuestra optimista y sobrevalorada plástica, pero del que pueden advertirse algunos significativos subrayados en su obra.

Seres asombrados, compungidos, deslumbrados, impasibles, indignados, ásperamente maltratados o cínicamente halagados, a veces sólo el rostro sintetizando una desoladora y descarnada realidad, universalizada, acuciante, identificable pese a las sintetizaciones, deformaciones y mesuradas arbitrariedades cromáticas con que es trasladada al lienzo.
La levedad de los empastes y su economía, a veces rugosamente endurecidos o luminosamente dotados de difíciles transparencias, la tersura y elasticidad de las aplicaciones cromáticas, la contundencia de su dibujo certero y conciso, van a declinar la teoría de exploraciones en la dramaturgia humana que J.C.O., desde un sentimiento de patética impotencia ante lo que no puede transformar, se propone.

En paralelo, sus bodegones, sus muertas naturalezas, en ocasiones de cezanniana temperatura cálida y cordial, transparente, ensoñadora y ensimismada o las más recientes cosificaciones del entorno constructivo más próximo.

Su identidad creativa, sustentada tanto en la glorificación estética como en la introspección psicológica, en la conversión en hecho plástico del desorden, del caos y de la alienación, como en la búsqueda de la identidad escondida en los gestos, en la raza o en las creencias, va a desarrollarse en torno a un ideario lírico y ensoñador impregnado de atemperado patetismo.

Sensaciones y evidencias, blancos inquietantes, negros profundos, rojos perturbadores, ocres y tierras ascéticos y a la vez convulsiva y tiernamente portadores de internas tensiones, dotan a sus cuadros de una desasosegante ambigüedad en cierto modo metafísica o metalírica si recurrimos a un paralelismo poético. Alianza entre su modo de insistir en la evidencia pero como contemplada a través de un alegre caleidoscopio multicolor que permite a sus ojos ver lo obvio y lo cotidiano con la sorpresa de lo visto por vez primera haciéndolos fascinantes y atractivos. La incertidumbre, la simulación, lo reprobable que debe ser ocultado, lo que degrada o corrompe o ridiculiza o enternece - convicciones, creencias, afinidades - son los componentes perturbadores de la pintura de J.C.O. La capacidad del color para expresar estados de ánimo, para vitalizar la materia inerte, para sustanciar lo que es sólo estética por dogmática definición mediante la proyección sobre esa estética de las conturbaciones y desasosiegos que acompañas al ser humano.

Las imputaciones de banalidad o gratuita artificiosidad que adjudicábamos a un sector de la generación a la que Julio César Ovejero pertenece, en absoluto se compadecen con la irreverencia neoexpresivista que alienta en sus cuadros. La elocuencia plástica de su lenguaje pareciera provenir de los hallazgos del expresionismo abstracto en el que por algún tiempo militó, si bien pronto lo dramáticamente tensional, impregnado de incitaciones sensuales, en ocasiones resuelto mediante planos-secuencia que sirven a lo narrativo del conjunto, se impondrán al optimismo atildado y falsamente progresista, impostor y convencional, que trata de insensibilizar hasta la piel que envuelve nuestro esqueleto.


Antonio Leyva,

De las Asociaciones, Madrileña, Española e Internacional de Críticos de Arte.             

Octubre, 2011

 Alma de bandoneón. Óleo/lienzo, 100 x 81 cm.
 Tatuaje. Óleo/lienzo, 100 x 81 cm.
 Patio de vecinos. Óleo/tabla, 85 x 54 cm.
 Gato blanco. Óleo/lienzo, 81 x 65 cm.
 Zarité. Óleo/tabla, 64 x 42 cm.

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