ANTONIA PAYERO

Del 25 mayo al 13 junio de 2009

Cruce de Caminos. 130 x 97 cm

Midiendo rosas. 97 x 145 cm

Palmeras. 100 x 73 cm

Saqueo de África. Éxodo. 102 x 162 cm

ANTONIA PAYERO 
Del 25 de mayo al 13 de junio de 2009

Antonia Payero (Madrid, 1940). Doctora por la Universidad Complutense, Facultad de Bellas Artes de Madrid, de la que ha sido profesora entre 1990 y el 2000. Realiza, desde 1969, más de una veintena de exposiciones individuales, entre otras en la Galería Orfila (1981, 1997, 1999, 2002, 2006 y 2009 ) y la Asamblea de Madrid (1988, 1995); Galería Chroma, Vigo (2004).

  Ha participado en colectivas y certámenes en varios países, como la Bienale Internazionale della Grafica, Palazzo Strozzi, Florencia (1976); XVI Bienal de Säo Paulo (Brasil) (1981); Libros de Artistas, Biblioteca Nacional, (1982) y Fuera de Formato, Centro Cultural de la Villa (1983), Madrid; PORTOARTE, Feria de Arte Moderno y Contemporáneo, Oporto (2002); Desacuerdos, MACBA (Barcelona) y Centro José Guerrero (Granada) (2005).

   Obtiene las Becas de la Fundación Rodríguez Acosta, Granada (1967) y de la Fundación March, Madrid (1971), siendo distinguida, entre otros, con el Premio Arganzuela, Madrid (1982); Premio Diputación de Ciudad Real, Puertollano (1983); II Premio Ayuntamiento de Torrejón de Ardoz y Premio en la II Bienal Nacional de la Diputación de Palencia (1983).

 El expresionismo al límite de Antonia Payero.

Una de las definiciones del expresionismo es aquella que lo ubica en una incesante búsqueda de los orígenes, desde un genérico primitivismo que engloba el arte de los pueblos no occidentales, de la infancia de la humanidad e incluso de los mismos individuos, o las expresiones de lo popular, hasta la manifestación lograda de una ingenuidad que dimana de la interioridad del artista, una espontaneidad mediante la que se libera de las convenciones de la mirada y el conocimiento, sea éste cultural o de su oficio, y a través de la que halla precisamente la originalidad o, lo que es lo mismo, un origen encarnado en nuevo proyecto, actuante y vivo, resultado de esa inmersión existencial mediante la que logra desasirse de todo vacuo y gastado idealismo, referido éste tanto al decoro de la forma como a la disfunción de lo real.

Sin embargo, tal definición propendía a una fácil transposición del mito individualista y la suplantación paradójica de los valores asociados de progreso -técnico, productivo – por los más intrincados de una suerte de regresión que, especialmente en el postmodernismo, vendría a presentarse como operación consoladora de lo que a esas alturas no era sino una subjetividad exhausta: las consabidas recuperación del sujeto y de la misma “pintura” como vindicación hedonista, ambas en un sólo acto. Se quedaba en el camino o se escamoteaba directamente el cuestionamiento de una realidad cada vez más artificiosa por imperiosamente tecnificada, pero también por haberse convertido en mero simulacro a través de su calculada y homogeneizadora difusión mediática. Una estetización de la realidad -nueva inflación idealista -, producto de la cultura de masas conformada por el reclamo eufórico y complaciente de la publicidad y que contenía toda las posibilidades para su traslación a su vez a nuevos simulacros artísticos, como lo había hecho el Pop, pero sin la mirada fría y distanciada de éste, más aún, en una nivelación por abajo de lo que habría de ser la última vuelta de tuerca de la postmodernidad: la legitimación del kitsch y, a su través, la espectacularización de la cultura, contribuyendo a desarticular las instancias liberadoras que ésta acarrea como depositaria de la memoria de la experiencia colectiva.

El expresionismo de Antonia Payero se sitúa polémicamente entre todas estas tesituras; primero en una remontada a uno de los principales orígenes o afluentes de aquel, como es el fauvismo, palpable en la exaltación del color, en el mismo protagonismo, más que escenográfico-impresionista o de estudio, de la efusión de la Naturaleza en sus cuadros, pero también en esa “alegría de vivir” con que trata de corregir, aun irónicamente, todo ese exceso de carga retórica y de sentimentalidad trágica que en un cierto momento se constituyó en marchamo de la lectura expresionista, ocluyendo el verdadero despliegue de sus contenidos utópicos y de su misma disposición crítica respecto a una realidad que, siempre inmiscuida desde una perspectiva existencial aunque no discursiva -en el sentido de su disquisición racional o científica -, como no puede ser de otra forma en la creación artística, señala uno de los principales rasgos de esta tendencia. Una realidad que, ciertamente, pasa a ser otra en el sueño despierto del expresionismo y que Payero reelabora a partir de todos esos contenidos desiderativos que la cultura de masas manipula y aliena, deyectados hasta volverse irreconocibles sobre lo real de un mundo falsificado al que le falta tanto un pie a tierra como la propia consciencia de nuestra responsabilidad. Y así, vuelve e indaga en el origen de estas nuestras fabulaciones, las confronta en un punto límite con esas imágenes mediáticas que nos asedian, como también las coloca en ese límite vertiginoso y aún desconocido que se encuentra en todo proceso de transformación y que alienta, quizás aún de manera dormida, en toda esperanza. Es también la vuelta al origen desde un proyecto de futuro: “la naturalización del hombre y la humanización de la naturaleza”, como planteara Marx, en ese despliegue actuante, ya no estático ni contemplativo, del factor subjetivo sobre el objeto y las posibilidades latentes que éste encierra, estableciéndose una relación recíproca que se retroalimenta y de la que se desprende la modificación de la conciencia ya no alienada del ser humano.

A. Leyva Sanjuan