MARÍA LUISA ALONSO

Del 10 al 20 de septiembre de 2018

María Luisa Alonso Arija
Porque para ella, formada en las Escuelas de Artes Y Oficios de Valladolid y Palencia, profesora, diseñadora y experta en restauración, la pintura y la poesía son, según sus propias palabras, no una profesión sino una necesidad vital que la conduce a que cada fragmento de vida que respiro se torne comienzo continuo y su metodología de trabajo como pintora no es otra que la ir recogiendo colores y formas donde puedo, su historial curricular, siempre con el verso en la boca, con el canto en el alma y las alas desplegadas dejando el mañana atrás, desde que en 1995 hiciera sus primeras exposiciones en las salas de Caja Salamanca en Valladolid y Palencia, es un discontinuo discurrir de experiencias pero también un verso sin palabras hecho de vuelo y aire, tanto en espacios solo ocasionalmente de cultura (Venta Boffarad de Frómista, 2001 y 2006; cafés Novelty, El Corrillo y Serendepety de Salamanca, 2018), como en otros de más convencional designación tales el Servicio Territorial de Educación de Castilla y León en 1998, la Diputación Provincial de Palencia en 1999, Biblioteca Pública de Palencia en 2001 o Caja Círculo Católico de Valladolid en 2002.
La exposición que presenta en Galería Orfila viene a resumir su actividad de los últimos años a partir de su serie Trasfondos claramente definitoria de su ideario estético.

Luz emotiva del color
Cuadros de María Luisa Alonso Arija

La pintura es también concepto originario: concepción. El germen plástico de la mente u origen sensible de la primicia tentacular de la luz en trazo, huella, sombra, pigmento, forma de un ser cuyo cuerpo es la vibración de la cualidad de la materia. Agua, aceites, metales, óxidos, minerales fundidos con el calor del sol o el magma interno de la tierra. Impregnación radiada del mundo en el pulso del pintor al mover o fijar el color líquido en el lienzo. Una vibración especial del ser a la que denominamos cualidad. El arte es siempre cualidad entitativa de una vibración existencial.

Platón ya advirtió en la raíz del conocimiento este temblor primario de la mente al sentir y grabar la impresión que las cosas producen en nosotros. En el Filebo imagina que todo ser humano tiene dos hombres dentro, un gramático y un pintor. El primero registra lo sentido y percibido: gramma. El segundo toma distancia, observa, contempla, mide. Adquiere perspectiva. Delinea. Traza. Y al proceder configura un objeto o rostro de la realidad concebida. Conocer es imprimir una forma siguiendo el proceso de su figuración en nuestra mente. La forma primaria cuya organización es inherente al objeto o forma así surgida.

Y si tenemos en cuenta que ese proceso acontece entre el “bulto” de la visión próxima del objeto y la concavidad de la visión lejana -así lo interpreta José Ortega y Gasset: “Sobre el punto de vista en las artes”- cuyo ámbito es la distancia del objeto o cosa que nos impresiona a la córnea del ojo; y si añadimos a este trasfondo el vacío del nervio ciego de cuyo tránsito resulta la visión del color o la figura conformada, entonces cabe decir que el conocimiento es también pintura. Superficie y profundidad, apariencia o sombra e ideación de la forma. Espacio-tiempo único, ubicuo, de la idea o luz en la cueva perceptiva: “cualidad óptica” que emerge en el espacio de “la cantidad geodésica de distancia” perceptiva, dice el filósofo anticipando la teoría de la Gestalt aplicada a la pintura.

Poiesis en estado puro. De eso se trata: el hacer formativo del objeto, de la obra. También la palabra tiene color: su tono. El clima cálido de la voz. El colorido de las palabras. Ut pictura poiesis, dice Horacio sabiendo que pintores y poetas tienen igual potestad de osadía: <> (Ars poetica). El atrevimiento de concebir la forma de la realidad. No solo de reproducirla -si esto fuera posible, conoceríamos su estructura-, sino de ser formante suyo. En esto consiste la evidencia o perspectiva de las cosas: verlas, sentirlas nacer en su profundidad objetiva.

Entrada en forma. Tal es la sustancia del arte auténtico. La inherencia de la forma en lo formado. El hacerse del objeto. La conformación de mundo. Pura poiesis. El logos poiético y apofántico de Aristóteles tienen raíz común. El decir, pintar, componer sonidos…, es hacer, crear. La obra de arte.

María Luisa Alonso Arija, pintora y poeta, vive el tono de la vibración existencial formando palabras y colores. En verso o cuadro, distiende el latido liminar de una emoción surgente. Haya o no figura, significado, lo primario es el tono de existencia, el color nativo, crudo, soñado, mate, neutro o emocionado de la materia y de la vida. Tiene obra simbólica y puramente expresiva. Esotérica por un lado -valor numérico, goteo del espacio, sentido secreto de la composición- y materializante, planetaria, por otro. El símbolo asocia sueño, mito, cierta nostalgia neoclásica de un humanismo autónomo. Y la plasticidad nuda de la materia, con brotes cuajados de su magma o restos de posibles formas que fueron, de las que solo quedan jirones, hebras, residuos cósmicos, pero coloreados, a veces pálidos, como grumos, a veces galácticos, de una sustancia sin vida, o que aún la ansían. Latidos cuajados o superficie laminada de lo que queda o simplemente hay -il y a levinasiano- en la materia amorfa o herida la existencia, amputada, desvitalizada.

El mundo no se sostiene sin la emoción interna e inherente que lo crea. Y en tal sentido, esta pintura contiene hasta un fermento ético de pura estética “deshumanizada”. Alude, por una parte, al frío que la reducción metálica o mineral de la creación produce sin el aliento cálido del hombre, es decir, del amor. Y esto lo sabemos por la otra vertiente, lumínica, de la obra. La materia se colorea con el tono puro de la emoción, sus gradaciones, y late como sangre tenue esparcida: amanecer o poniente, horizonte también liminar -limen- de cualquier figura que en él se forme.

Plasticidad refleja, trazo simple, diseminado, o con relieve, superpuesto. Y un brillo significante, sea cual sea su grador, intensidad, haya o no figuración, pues plasma el latido de la materia. Así la tierra rodando por el universo o las dimensiones geométricas, volúmenes de construcciones compactas, con algún resto, decíamos, de un mundo ansiado o sombra de conciencia, tal vez sueño, figuración objetiva de estados anímicos complejos. También prefiguraciones de un ideal perdido con fondo nostálgico de ensoñación posible, pero erosionada, en ruinas. Focos de luz distante, escorada o inmersa con gradual matiz periódico. Trasluz a veces de vidrio oculto, bien en la retina bien en el trazo o en la textura del color consolidado, especialmente los tonos grises con insinuaciones de herrumbre, transiciones metálicas.

Con todo, esta plasticidad deja entrever un latido latente, como si la materia velara una luz intuida solo en los agujeros que su resplandor abre. Poros de una transparencia. Y entonces adivinamos la pulsión erógena de una piel cósmica, como mar varado, desértico. Y en él, un mundo biológico subyacente, no sabemos si residual o germinativo.

Por eso esta pintura es también críptica. Distancia en cierto modo queriendo aproximar y hasta que la toquen: se presiente el tacto que la conforma. Y así inquieta. Parece conceptual en el sentido lógico, pero lo es, ante todo, en el originario antes explicado. Materia sentida. Sentimiento deslizante. Materia emoción y colorido emocionado de existencia. El fervor de la audacia que Horacio intuye en la poiesis inherente de pintura y poema.

Antonio Domínguez Rey